Crítica No hay mejor defensa que un buen tinte

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Tras Lavar, marcar y enterrar llega su secuela: No hay mejor defensa que un buen tinte
Fer –obsesionado con la verdad- y Martha –mentirosa compulsiva- abren una peluquería en Madrid y contratan a Gustavo, estilista canino que busca su oportunidad con el cabello humano. Tras varias semanas sospechosamente tranquilas, el éxito llega a la peluquería y con él dos peligrosos gemelos que reclaman a Martha, su madre, el anticipo de una herencia millonaria. Fer, Martha y Gustavo –improvisados y castizos Ángeles de Charly- deberán unirse y utilizar sus diferentes habilidades para luchar contra los dos nuevos enemigos. En esta loca guerra, se permiten pelucas, tijeras y tintes. Solo el aburrimiento está prohibido.
No hay mejor defensa que un buen tinte es una comedia con “tintes” absurdos y surrealistas, a medio camino entre el sitcom televisivo y el culebrón mejicano y habitada por tres locos personajes que unas veces parecen salidos de una novela de García Márquez y otras de una película de Berlanga. La obra es parte de una trilogía sobre el secuestro. Las rancheras mejicanas, la venganza, los secuestros y las herencias son temas recurrentes en el autor a partir de los cuales nos sumergimos en un mundo con personajes que son felices víctimas de sus obsesiones y sus miedos.
Texto/ Dirección: JuanMa Pina Reparto: Mario Alberto Díez, Fran Arráez y Carmen Navarro

Crítica

Nos trasladamos desde el Off del Lara a una peculiar peluqueria llamada Cortacabezas, situada en el característico barrio de Malasaña y donde se sucederán unos actos muy divertidos y de locura donde lo inesperado se da lugar entre sus tres trabajadores.

Una escenografía sencilla con una peluquería que tiene sus objetos más característicos sin recaer en la exageración o en la sobrecarga, con unas alfombras, unas sillas y unos espejos junto a un armario y unos teléfonos, además de una sala a parte donde sucederán varios de los hechos clave.

Secuela de Lavar, marcar y enterrar volvemos a encontrarnos una obra loca, divertida, ágil y que gusta a casi todo tipo de público.

Fer y Martha contratan a Gustavo, un estilista canino que busca abrirse un nuevo camino y cambiar su futuro. Un secuestro de por medio con tijeras, tinte y situaciones absurdas van formando esta obra que juega tanto con situaciones inesperadas como con algunos clichés en los que no pueden evitar caer.

Como momento a destacar, os diremos que el que se usa una peluca y una pistola como arma o bien la participación en la que se incluye al público conseguirá arrancar todas las sonrisas a los que aún estuviesen más fríos.

¿Os animáis a cambiar de look teatralmente hablando?.

Esther Esteban, Madrid

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